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Neruda

Domingo 23 de julio de 2017
Columnistas
Alfonso Carvajal

Alfonso Carvajal

Neruda

De Neruda, el mito, el hombre, nadie puede negar su fuerza, su calado, su prolijidad verbal y que, gracias a su obra y vida, todavía esté entre nosotros.

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Seguramente, muchos de los que vieron la película 'Neruda' se defraudaron; esperaban una documentación épica del poeta chileno, una completa radiografía del comunista que nunca dejó de serlo; no es un filme biográfico, ni ceñido a una realidad global, es un divertimento que puede ir desde una alegoría hasta una visión fragmentada del protagonista: aquí encontramos un trozo de la vida de Neruda, con la libertad que el director Pablo Larraín y su equipo cinematográfico escogieron. Es el periodo de los años cuarenta cuando el vate es perseguido por el gobierno de Gabriel González Videla, habitando en la clandestinidad, antes de partir hacia Argentina y posteriormente a Francia.

Mi mejor Neruda es el de 'Los versos del capitán y Residencia en la tierra', donde aparece Tango del viudo, uno de los poemas en prosa, erótico y amoroso, más conmovedores de la lengua española: “Daría este viento de mar gigante por tu brusca respiración... Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, / Como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada...”. No fui muy cercano a sus aires panfletarios de voz cansina y profunda. Aquella que hacia rugir a los Andes. Lo que sí impacta es que la película es una desmitificación del poeta, le desdibuja la aureola de héroe y lo muestra como un humano burgués, senador, que iba con chofer a distinguidos cocteles y a los prostíbulos de Santiago. Un hombre que se movía en el mundo sin problemas, por su carisma y su fe en un cambio revolucionario.

El filme tiene algunas escenas memorables de la intimidad de Neruda. Una es cuando un travesti, en un interrogatorio policial, habla exaltado de las bondades humanas del poeta. Que lo incluía sin prejuicios entre sus afectos. La otra es cuando una obrera ebria lo cuestiona si cuando lleguen al poder, los dirigentes van a ser como él o ella, y Pablo Neruda, con espontánea sinceridad, le responde que como él. Independientemente de la temática argumental, sobresale la talentosa actuación de Luis Gnecco, quien encarna al poeta con una sobriedad de palmas. En Cannes recibió elogios de la crítica por su factura artística, aunque su ritmo lento crea algo de somnolencia en los espectadores. De Neruda, el mito, el hombre, nadie puede negar su fuerza, su calado, su prolijidad verbal y que, gracias a su obra y vida, todavía esté entre nosotros.


ALFONSO CARVAJAL

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