Para visualizar correctamente nuestro portal debes activar Javascript en tu equipo.


Revisa en tu configuración que el javascript esté activado

Recarga la página para poder visualizarla

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Una mujer colombiana

Domingo 24 de septiembre de 2017
Columnistas
Salvo Basile

Salvo Basile.

Una mujer colombiana

El camino culebrero hacía quejar a todos los hombres; la única que no se quejaba era Juanita Gil.

0

compartidos

Cuando mi amigo Giulio Questi descubrió la Sierra Nevada de Santa Marta, ya había filmado, con Jean-Louis Trintignant y Gina Lollobrigida, 'La muerte puso el huevo', uno de los primeros filmes, si no el primero, sobre sofisticación alimentaria, en el que unos especuladores están desarrollando un pollo sin alas ni perniles, todo pechuga.

Su pasión por la sierra y los koguis nació en otra película, 'Pon la otra mejilla', con Bud Spencer y Terence Hill, para la cual trajimos como 150 indígenas koguis que bajaron de la sierra a actuar como protagonistas. Giulio fue tan inspirado por este contacto que en menos de seis meses estaba de regreso a Colombia, con un proyecto fílmico sobre los koguis, la sierra, Ciudad Perdida y la hoja de coca y los indígenas.

Enseguida se armó la expedición desde Santa Marta, en camión hasta Mingueo y a pie, por una semana larga, hasta arriba, a la cuchilla de San Antonio, y de allí a los nevados.

Abría la caravana Ángel, un mestizo, compañero de Juana Gil, madre de mamos y mamo ella misma. Ángel iba cargado únicamente con la mochila de la coca y un poporo antiguo que cuidaba como a un hijo. Su paso lo ritmaba haciendo sonar la hoja del machete sobre los chamizos del sendero, mientras canturreaba un vallenato de moda; detrás de él, Juanita Gil, una creatura de un metro cuarenta, cargada hasta lo inverosímil: dos mochilones terciados, una mochila enganchada en la frente, un palo en el cual enganchaba otra mochilita; y en la cintura, un fajón para plata y documentos.

El camino culebrero de subidas y bajadas cansaba las pantorrillas y hacía quejar a todos los hombres, mientras que la única que no se quejaba era Juanita Gil, quien llevaba un paso seguro. Al llegar a la base, luego de una subida interminable, nos saludó y nos dejó, y paso a paso se fue alejando por la montaña inaccesible como si hubiese encontrado nuevas fuerzas, sin otra razón que su voluntad de llegar antes de tiempo, por quién sabe qué motivo.

Y la razón fue la que todas las mujeres colombianas tienen para trabajar más que nosotros los hombres: por el placer de tener la casa en orden, el fogón prendido, las hamacas colgadas, el patio barrido y los animales enjaulados.


SALVO BASILE
[email protected]

COLUMNISTAS

Ver todos

Publicidad

MÁS NOTICIAS

Temas relacionados a esta noticia

Publicidad

Publicidad